El éxito de los tratamientos con los distintos tipos de baños radica, principalmente, en la temperatura del agua. El agua caliente dilata los vasos sanguíneos, favorece la transpiración y relaja las articulaciones y los músculos, hace afluir la sangre y el calor hacia la superficie del cuerpo.
Cuando es muy prolongada provoca una relajación del cuerpo en su totalidad, pero produce debilidad y mareos, además el corazón tiene que hacer más esfuerzo, por lo que esta contraindicada para las personas con tensión baja y problemas cardiacos.
El agua tibia es sedante y relaja el cuerpo, cuando se trata de baños prolongados estos son los más relajantes, ya que reducen la tensión muscular y actúan sobre las terminaciones nerviosas que hay debajo de la piel.
El agua fría, si es breve, aumenta el ritmo cardiaco, activa la circulación y tonifica la piel, pero si es prolongada tiene un efecto sedante.